• Jairo Llano

Biblioteca de Estocolmo: Una puerta a la modernidad


Cada época está marcada por grandes autores que por su forma de pensar han cambiado las disciplinas en las que trabajan. Sin embargo muchos de ellos no han llegado al punto de inflexión sin haber trabajado desde antes con influencias más clásicas. Ese es el caso de Picasso antes de ser cubista o de Le Corbusier con sus primeros Chalets en Suiza.

Sin embargo para el caso de la arquitectura, pocos proyectos resaltan por invocar en una sola estructura esa inflexión de un autor y la unión de los parámetros clásicos y modernos como la Biblioteca Pública de Estocolmo del arquitecto Sueco Gunnar Asplund. Su importancia es tal que en mi imaginario de arquitecto, este proyecto contiene un aura que lo destaca de muchos otros referentes, agradeciendo obviamente al grupo de profesores que con certeza construyeron mi conocimiento entorno a la arquitectura.

En 1929, Gunnar Asplund ya era un arquitecto reconocido en su país y su trabajo en edificaciones públicas era ya reconocido, razón por la cual fue el encargado de diseñar este proyecto. Por fortuna para esa ciudad y la arquitectura, su búsqueda personal de un lenguaje arquitectónico no había parado aún y el cuestionarse hacia parte del proceso creativo de este arquitecto, quien partiendo de un edificio central con remate en cúpula, al estilo más clásico, terminó construyendo un hito que abrió las puertas hacia una modernidad en los edificios públicos.

Esta galería que presento es la comprobación de aquella teoría que aprendí años atrás. La visita a este edificio es una clase en vivo sobre los nuevos postulados de la arquitectura de aquella época. La presencia del edificio en medio del parque mantiene la contundencia del edificio tradicional que sirve de remate del espacio público abierto, su planta se intuye simétrica y su escala envuelve al visitante.

El atrio cambia, las escalinatas infranqueables se transforman en un ascenso suave a través de una escalera inclinada y amable que obliga al espectador a mirar hacia arriba, a buscar algo más; de la luz al umbral oscuro, una pausa en la búsqueda, un primer impacto, una invitación a recorrer el edificio, no se revela el salón principal, por un momento pienso en la Cella de los templos griegos, la protección del espacio principal. Una puerta muy alta, con unas proporciones diferentes invita a hacer un recorrido en soledad hacia la luz.

La arquitectura es una metáfora, crea una atmósfera completa que envuelve los sentidos y prepara al habitante para una bocanada de éxtasis. El asenso sólo entre la oscuridad y la luz termina en el encuentro con el conocimiento, la sala circular de libros, protegida en su exterior por un gran cubo, es un espacio abrumador; a lo mejor por su escala, a lo mejor por su simetría que nos da la ilusión de estar viendo lo mismo a medida que rotamos en nuestro propio eje, para encontrar los elementos que nos permitan ubicarnos, recorrer el edificio y hacer el paseo dentro de la estructura.

Asplund simplifica el templo clásico y le quita el adorno, desvanece las columnas y el frontispicio, desnuda el cofre pero lo mantiene como salas de lectura rectangulares. Convierte la cúpula en un cilindro, pareciera que se acerca al postulado de la "función sigue la forma" y elimina el decorado. El resultado sigue siendo hoy en día contundente, pero mejor aún sigue vigente, casi 90 años el espacio en el que leen los habitantes de Estocolmo sigue cumpliendo con las expectativas de quien busca el conocimiento, recorrer el edificio es una experiencia motivante. Seguramente, será un edificio que en pleno cambio tecnológico permita una nueva interpretación del acceso al conocimiento y de las acciones que una "biblioteca" debe brindar a los ciudadanos de hoy y del futuro.

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